1 de abril de 2014

Desalmado


Todos le recordaban como una impetuosa tormenta plateada. Su nombre, cuando era forzosamente pronunciado, evocaba una tanda de suspiros de terror entre quienes tenían la desgracia de escucharlo.

Los cuentos y las leyendas de aquella tierra hablaban de un hombre desalmado. Un ser cuya única ley era la que imponía su espada. Una ley que solo servía para saciar su irrefrenable sed de sufrimiento y sangre. Una sed que jamás se apagaba, pues se avivaba con cada estocada mortal. Algunos le tomaban por un vampiro, pero él era un ser mucho más temible que un simple chupasangre.

Disfrutaba con la tiranía de su frío metal. Gozaba con los gritos de dolor y los llantos de súplica. Se recreaba ante las visiones de cuerpos acuchillados hasta la muerte. Sin piedad y sin remordimientos. Era un desalmado. Pero a él poco le importaba, pues hacía eones que había dejado de ser el vengador de una desgracia para convertirse en todo lo contrario. Aquel en el que debían verterse las más espantosas venganzas por las tragedias que él mismo iba sembrando.

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